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Brand:Discos|The Skaters – Physicalities of the Sensibilities of Ingrediential Strairways + Matrix Metals – Flamingo Breeze.

The Skaters - Physicalities of the Sensibilities of Ingrediential Strairways

The Skaters son un duo (Spencer Clark y James Ferraro) que salió de la prolífica escena noise de San Francisco y que se ha hecho popular por la particularidad de usar la voz humana (junto a otros elementos) como herramienta para una intensa y profunda exploración sónica. Estos músicos operan en los rincones más expresivamente extremos de la cultura Americana a través de su universo sonoro. Una fuerza viva omnipresente que le da fuerza a absolutamente todo. Creando muros de acoples drónicos y distorsión chirriante como una extensión del ruido en sí. A parte de ser The Skaters los dos tienen un millon de proyectos en solitario que incluyen a: Acid Eagle, Vodka Soap, Chinese Menstrual Dream, The Wooden Cupboard, Newage Panther Mistique, Pans al Saturnia Algott, 1977, Composition Of The Sensibilities Of Melted Knowledge, Dreams, Lamborghini Crystal 1992 Cool Runnings, Teotihuacan, Snake Figures Fan, Sky And Mirrorbalm In Preparation For Deja Vu, Pan Dolphinic Dawn, Pan als Allgott Saturnia, 1977…luego también está Clams,lo cual sería The Skaters con más amigos. La banda ha editado un montón de cdr’s y algunos LP’s en varios sellos contemporáneos independientes y de vanguardia. Compartiendo sello con grupos como Black Dice, Axolotl, Dylan Nyoukis, Avey Tare, Panda Bear (Animal Collective), Destroyer, entre muchos otros…

La excitante psicodelia de los Skaters tiene que ver con el trance y con la perdida de la conciencia en un momento determinado. Capas de voces, percusiones y sonidos en loop, se encargan de llevar a tu mente a una suerte trance, en donde pareciera que el tiempo se detiene. Lo paradójico de esto es que, en el momento que esto ocurre, muchísimas cosas van sucediendo al mismo tiempo.

Si bien, “Physicalities of the Sensibilities of Ingrediential Strairways”, podría ser parte de una fórmula ya cuajada por el dúo, es innegable que el dominio que tienen de sus recursos sonoros, es realmente impresionante. No recuerdo otras bandas contemporáneas que sean capaces de llevarte sin mayores esfuerzos, a un rarísimo estado mental.

“Uncalculated unconscious expectations within an involuntary interception (system) of detached fantasy detached provided the fantasy is born of ingredients outside of the body but determined by the unpenetrated unconsciousness this in combination with the mind’s ability to sight illusions creates a world in which the consciousness can travel in and out of realization of the event arising as with the tangible actions of the ceremony ascending and descending within the spectators consciousness manifest exchanged illusions. The unknowing of levels of consciousness as the procession of the ceremony transforms the imagination from inner and outer experience to one a whole motion of physical and mental interaction”. Extraído de la contratapa del disco. Lean, traduzcan, escuchen, analicen y juzguen.

Matrix Metals - Flamingo Breeze

Matrix Metals es alias bajo el que se cobija James Ferraro para crear ¿música psicodélica de influencia surfer? ¿Acid house lo-fi? ¿Dub con Brian Wilson en el horizonte? Un poco de todo: en su flamante “Flamingo Breeze” (Not Not Fun, 2009), Ferraro deja a un lado las sonoridades tribales y ruidosas de sus proyectos paralelos para adentrarse en un territorio más luminoso o, derechamente, más soleado.

En tres sugestivos temas, Ferraro condensa el imaginario que la playera California –su base de operaciones– le da. Sobre capas de loops cadenciosos y melodías hipnóticas se plantan una sucesión de samplers caseros que en momentos sugieren el devenir del mar, las brisa marina o atardeceres calmos. Y sí, tambien hay fiesta: a 120 BPM, los primeros minutos del tema que da título a este disco (un trip de 14 minutos), invitan a bailar y despojarse de las inhibiciones. Porque eso es este disco: un verano interminable lleno de tiempos muertos, resacas, fiesta y muchas drogas.

 

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Brand:Discos|Sun Araw/Predator Vision – Hey Mandala!/Real Aliens + Sun Araw – Leave like These.

Sun Araw/Predator Vision - Hey Mandala!/Real Aliens (Split 12")

Este split de 12” que reúne proyectos paralelos de miembros de Ducktails y Magic Lantern/Super Minerals, quienes entregan predecibles pero entretenidas jams, que invitan a pasar un muy buen rato.

Un poco más de quince minutos toma el desarrollo de “Real Aliens”, tema a cargo de Predator Vision. Las guitarras se hacen cargo de la jam, la cual en sus inicios suena algo estructurada debido a los numerosos riffs que se encargan de dar cierta forma a lo que suena, pero que al mismo tiempo, producen una confortable sensación durante su audición. Luego de este inicio, aparece un nuevo pasaje en el que los sonidos asociados a Ducktails, se hacen presentes pero bajo un tratamiento sonoro alternativo que se adapta de mejor forma a la estructura mas rockera (por decirlo de algún modo) que presenta Predator Vision.

Lo de Sun Araw cae en terrenos más ambientales y profundos, como si su música se encontrara sonando en un nebuloso y oscuro ambiente. En su espeso colchón sonoro, se reconoce un instrumento de viento que pareciera sonar desde zonas abismales, redondeando una atmósfera magistralmente construida, de desarrollo impredecible y que termina coqueteando con este tan en boga ‘back to the 80’s’, en el que instrumentos de la época han logrado ser protagonistas importantes.

Sun Araw - Leave like These.

La propuesta de Cameron Stallones (guitarra en Magic Lantern) ha mantenido una ascendente aceptación luego de editar un contundente álbum debut (The Phynx), el cual fue secundado por diversos E.P, además de ‘Beach Head’ (2008). “Leaves Like These” es un álbum en casete que se regala a quienes compran la re-edición de su debut en vinilo, una rareza que merece atención.

Esta cinta resume en dos temas el sentido de Sun Araw; cortes psicodélicos derivados de improvisaciones profundas y repetitivas, basadas en el uso de algunos efectos distorsionados en la guitarra, además de sintetizadores que van creando el clásico “capa sobre capa”. Lo que primeramente aparece como un desconcertante vaivén de sonidos paulatinamente va creando una armonía incesante, un juego de ecos y saturaciones que animan un campo sonoro con texturas livianas pero con una profundidad insistente.

Con ‘Fern Step’, el segundo corte las ideas se cierran, orientadas a formar un hilo conductor no sólo a través de cada corte, sino el disco como un concepto único. Una idea que bien puede ser ampliada a la hora de sumar al repertorio otras canciones que figuran dentro de discos promocionales, tomando el sentido de Sun Araw como una imagen de si bien maneja diversos conceptos, en todos los temas conserva su base compositiva.

 

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Brand:Musique 21|Wolf Eyes: The Human Zoo.

Wolf Eyes - Nathan Young

“Hay una montaña de basura en Brughton, Michigan”, dice John Olson, tratando de transmitir exactamente, en que tan mal estado se encuentra el pueblo natal de su compañero músico Aaron Dilloway. “La cerraron porque un niño pequeño estaba deslizándose sobre ella y se corto la pierna con una lata de atún”. Puede ser una broma, pero habla sobre los temas secretos que alimentan el free rock machacado de su grupo, Wolf Eyes. La experiencia de escuchar puede relacionarse con el tétano, los sonidos oxidados y ásperos, saltando fuera de la pila de desechos, restos de una civilización occidental transformados en un peligroso patio de juegos – una herida sucia en un tímpano perforado. Los generadores de tono de Olson rechinan contra las cintas de Dilloway y la guitarra chilla mientras los ritmos y los vocales aullados de Nathan Young descienden hacia el desierto del inconciente reprimido.

Inclusive fuera del gueto del noise más extremo, Wolf Eyes han obtenido una significativa respuesta gracias a los más de 50 lanzamientos que han hecho en los últimos tres años. Libremente agrupados con bandas afines como Black Dice, con quienes han colaborado en más de una oportunidad, y el eje noise de Michigan desde donde emergieron sus integrantes, Wolf Eyes, retroceden a una tradición noise experimental primitivista, que puede ser rastreada hasta las raíces de grupos de Michigan como The Stooges y Destroy All Monsters. “Se trata solo de tener el poder suficiente como para crear tu propio universo, gracias a instrumentos completamente caseros”, dice Olson. “Nosotros tres venimos de distintos campos donde ese concepto era los más importante”.

Un arquetípico pueblo universitario, Ann Arbor, tiene una tradición Noise con sellos como Bulb y Westside Audio Labs, sin mencionar la nueva escuela de desmanteladores electrónicos como Viki Hott y Mammal. Wolf Eyes puede ser la mota en el ojo de la escena o su “tormenta perfecta”. El grupo de relaciones entre estos varios grupos da origen a una incestuosa genealogía. Cuando adolescente, Dilloway, era parte de un notorio grupo llamado Galen, antes de terminar tocando la batería en Couch con el jefe de Bulb Records, Pete Larson, y Jim Magas. Según las palabras de Dilloway, el y Nate Young se conocieron durante los primeros shows de Couch. Young formaba parte de Nautical Almanac en esa época. También grababa con Mini Systems y como Jean Street, su proyecto solista.

Wolf Eyes - John Olson

De hecho, Young empezó Wolf Eyes como un proyecto electrónico solista, en 1996, que comprendía sintetizadores modificados y vocales. Dilloway se unió poco después contribuyendo con loops de cintas  manipuladas y guitarra. Mientras Olson, que vivía en un pueblo cercano llamado Lansing, producía música para su sello American Tapes y tocaba ebn un grupo llamado Universal Indians desde principio de los ’90. Para finales de la década Dilloway terminó uniéndose a Universal Indians, justo para el final del grupo debido a varias disputas internas. Olson grabó un disco junto a Wolf Eyes bajo el nombre de Wolf Eyes with Spikes en 2000. La integración invitable de los dos grupos, que para entonces compartían a Dilloway y Olson, se solidifico para fin de ese año. Minetras los otros cortaron sus actividades extracurriculares, Olson aún graba discos con Dead Machines, un proyecto junto a su mujer y el fundador de Polyamory Records, Tovah O’Rourke.

Otro colaborador poco probable durante estos primeros años fue Andrew Wilkes-Krier (aka rockstar Andrew WK), quien inclusive escribió un hinmo fiestero sobre el grupo (en incluyó un cover de Couch en su E.P, Party Hill You Puke). El icono pop formaba parte tambien de Isis and Werewolves y en un proyecto llamado The Beast People con Dilloway.

El primer lanzamiento den vinilo de Wolf Eyes, fue en 1999, un split de 12” junto con Nautical Almanac, editado por el sello de Dilloway, Hanson, que acostumbraba customizar las cubiertas de los discos utilizando viejos vinilos. La atención por el detalle en la grafica del grupo, hace eco de sus sonidos envasados. Los niveles de casa embrujada en las ilustraciones de Young, como el quiste combinado de rata y calavera, que ilustra la tapa de Dead Hills (2001), combina tanto con el crescendo de ruido interno como con las letras, cuando podes descifrarlas.

Aaron Dillaway

El acercamiento de Young hacia las letras se ha vuelto más gutural y escupido, liberándose de la lógica del lenguaje. “Solo sale los más fuerte posible – por supuesto no es muy articulado. Es duro articular e interpretar de la forma en que ellas quieren ser interpretadas. Usualmente vuelve cuando grabamos, epro recientemente no ha sucedido… no puedo aferrarme más a las letras, se derrumban”.

El ritmo en la canción que da el titulo a “Dead Hills” sigue el patrón de Wolf Eyes: deslizándose por tierra tan lentamente, que la reacción física se retraza, hasta que los miembros colisionan sobre el uno, aumentando olas de chirridos de vientos desde el fondo, montando el surf de las cloacas hacia la boca del Armageddon. Como variación macabra de una jam bajo el influjo de jarabe para la tos, Olson explica que su sonido creció de la tecnología hacheada. “Por mucho tiempo el “cerebro” de Wolf Eyes fue un sintetizador que Nate había construido”, dice, “como decodificar el MIDI, el cerebro digital, programar varios beats que suenan como botellas arrojadas desde el altillo de una mansión.”

Las reacciones del público tienden a ser mixtas, pero en cada show de Wolf Eyes, hay un grupo en el frente agitando sus puños en el aire, glorificando la impía unión entre hombre y maquina. Evidencia de esta reacción puede encontrarse en el DVD “Covered in Bugs” (Hanson 2003), que contiene una filmación del show que dieron en el Chicago Metro, y varios fragmentos de presentaciones en sótanos de toda América del norte. La violencia del volumen y sus reacciones física, recuerda los experimentos militares donde se utilizaban distintos sonidos para disparar funciones corporales. Un desprocupado Young ve esto como parte de la tradición del heavy metal. “No creo que sea tan extraño”, dice. “Lo veo como una reacción natural. Si estoy un show donde disfruto lo que veo, definitivamente voy a agitar mi puño… creo que son todos concientes del espacio en el que se encuentran, no creo que sea una especie de trance.”

WOLF EYES

ALWAYS WRONG ( CD HOSPITAL PRODUCTIONS 2009)

Wolf Eyes - Always Wrong 

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Brand:Discos|Black Dice – Repo.

Black Dice – Repo

Black Dice siempre fueron raritos. Mientras otros niños aprendían a hacer escalas con la flauta travesera, los mini Black Dice del momento, aporreaban fichas de lego en las entrañas del piano de cola del teatro de la escuela, fabricaban sus propios instrumentos con viejos y grasientos motores de coche, y desarrollaron más de una esquizofrenia en algún que otro alumno con una brillante carrera académica a sus espaldas. Por si no fuera poco, la cosa con el tiempo se fue contagiando de salvaje en salvaje, de gafa pasta en gafa pasta, hasta que se convirtieron en la banda de culto que son a día de hoy. Un aviso: si aún no sabes nada de estos neoyorquinos, si aún no has oído su música, o visto cualquier video, ándate con cuidado, como diría Lautreamont en su introducción a “Los cantos de Maldoror”.

Reafirmando su mínimo respeto por el formato de canción tradicional, los siempre imprevisibles Black Dice han cocinado un nuevo álbum (su quinto) que, según su sello, “aglutina de forma irreverente los sonidos y las imágenes de la radio, la televisión y la Internet en un fértil montón de abono que se retuerce con nueva y cruda vida”. Proyecto el de Black Dice de sonido siempre mutante y expansivo, acierten ustedes a saber qué quieren decir con eso, o con aquello de “new roadhouse blues-band philosophy” que también puede uno leer en la nota de promo. Tendríamos quizás que preguntarle a los chicos de Animal Collective por el sentido de esas palabras, ya que en parte son ellos, como socios fundadores del sello Paw Tracks, responsables de poner en circulación “Repo”, nueva ración de especulación alquímica doméstica y provocación aural registrada en los muy hip Rare Book Room Studios de Brooklyn.

La búsqueda que partiera en 1998, se encuentra más despierta que nunca y aunque el trío de Brooklyn diga que es su disco más ‘digerible’, nos encontramos con una marea de ruido bizarro, ondulaciones deformadas de electrónica explorativa y beats enfermos, todo el recorrido viene directamente del laboratorio demente de Bjorn y Eric Copeland, esta vez acompañados por Aaron Warren.

La travesura y el despiste comienzan con “night creme”, inmediatamente la estridencia y lo torcido del camino expuesto invitan al desarme, quiebran cualquier estructura con un retazo de sonido industrioso que recuerda lo más abstracto de Throbbing Gristle intervenido por house minimal, nos perdemos en un baile infeccioso junto a la fresca y disfrutable “grazin”, ecos que recuerdan tiempos de infancia, el aroma del Brasil-Tropicalia y el recuerdo de la electrónica primaria de Jean-Jacques Perrey.

Ahora en “earnings plus interest” nos situamos en el centro del carnaval de máscaras y locura que el aire de Black Dice nos proporciona, música de baile, pero tan extraña que pareciera venir del futuro o de un tiempo que está por abrirse, sólo un respiro y ya enfrentamos otro dibujo de niño, un nuevo paso por la juguera descompuesta, “la cucaracha” es un verdadero hit marciano, pausada pero incontrolable con esos estruendos vocales que aparecen en medio de las perillas salvajes y las teclas rotas, el pasaje termina en una orgía sónica que entra directo a tu cuerpo y cabeza, a este punto diseminada por completo ante tanto estallido estelar.

Epilépticos absténganse. Quedan avisados.

 

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Brand:Musique 20|Tom Waits.

Tom Waits

En 1980, gracias a un bello puñado de odas a la diosa Resaca, el más beatnik de los “song-writers” había llegado a una cima ingrata: la autoparodia. De ahí lo rescataron Kathleen Brennan (que sería su mujer), el influjo providencial de Kurt Weill y Harry Patch, el cine y, en los 90, el encuentro con Bob Wilson, que le pidió música para alimentar sus sofisticadas maquinaciones teatrales. Retrato de Tom Waits, el hombre para quien las mejores canciones, como las papas, nacen del suelo.

Hubo un tiempo en que –para bien o para mal– Bruce Springsteen y Tom Waits flirtearon, como tantos otros, con convertirse en eso que la industria discográfica conocía y sigue conociendo como “El Nuevo Bob Dylan”. Ya se sabe: el concepto de song-writer de altura, el peso pesado que flota por encima de los otros, los versos largos y la épica personal. Ser Bob Dylan, claro, pero con matices. Ser en parte Bob Dylan y, además, ser algo que a Bob Dylan le gustaría ser, aprovechando que entonces –a principios de los ‘70– Bob Dylan no tenía mucha idea de quién quería ser Bob Dylan. Así que Bruce Springsteen optó por el modelo Elvis Dylan (la épica gorda sobre un escenario) y Tom Waits prefirió la variante Bob Kerouac (la odisea en movimiento adentro de un piano bar) y Charles Bukowski (más bar que piano). Mucha pero mucha agua ha pasado bajo ambos puentes y Bob Dylan muy bien, gracias. Saludos a los chicos.

En un principio, al menos para mí, Tom Waits (Pomona, California, 1949) se parecía exactamente a eso en lo que se habría convertido de grande el chico chapliniano de The kid. El rostro alargado casi hasta la caricatura, el cuerpo quebrado en demasiados ángulos, los dedos largos aporreando las teclas blancas y las teclas negras y una botella de Jack Daniel’s haciendo equilibrio sobre su cabeza de rulos desordenados. Sí, Tom Waits parecía -y sigue pareciendo- uno de esos tipos tan felices que cantan sobre la infelicidad (el primo lejano y disipado de Leonard Cohen) y llevan la “canción de bar” un poco más lejos. Porque Tom Waits le cantaba y le canta no al estar borracho sino al tener resaca.

Y seré sincero: yo me compré mi primer disco de Tom Waits cuando alguien me dijo que Tom Waits era o había sido el novio de la impar y única Rickie Lee Jones, y el primer disco de Tom Waits que me compré fue el primer disco que Tom Waits grabó y, bueno, lo siento, pero ése sigue siendo mi disco favorito de Tom Waits.

Tom Waits - Closing Time

Closing Time –editado en mayo de 1973– sigue sonando bien, emocionante, con la atemporalidad que de vez en cuando consiguen un puñado de canciones adentro de un círculo chato, negro y con un agujerito en el centro. Closing Time siempre será más un long-play que un compact-disc, porque a ciertas canciones –canciones como “Ol’ 55”, “Martha”, “I Hope That I Don’t Fall in Love with You”, “Lonely”– les queda mejor una púa que un láser. Así que yo seguí con Tom Waits unos cuantos años más –The Heart of a Saturday Night (1974), Nighthawks at Dinner (1975), Small Change (1977), Foreign Affairs (1977), Blue Valentine (1979)– porque a mí me gustan esos song-writers más writer que songs. Esos tipos que te cuentan historias. Hacia 1980, Tom Waits ya era un artista de culto, los Eagles habían versionado su “Ol’ 55” y Bruce Springsteen su “Jersey Girl”, y lo cierto es que cansarse de Tom Waits empezaba a ser tan fácil como había sido cansarse de Charles Bukowski. O de Jack Kerouac. Artistas que –USA es tan cruel– no demoraron en convertir sus atendibles singularidades en clichés de fácil imitación. Lo que en Estados Unidos se conoce como novelty act: un artista freak con hincapié en freak. El paso siguiente es, claro, convertirse en una imitación de sí mismo, y eso le estaba pasando a Tom Waits. Pero con un diferencia: Tom Waits era consciente de ello. Y, para colmo, el que empezaba ahora a versionar sus canciones era Rod Stewart.

Tom Waits era el beatnik más beatnik de todos, y por lo tanto estaba en peligro de terminar como terminan los beatniks: mal. “Me estaba volviendo perezoso: todo me sonaba con un saxo al fondo”, recuerda. A otra cosa. Tom Waits conoce a la que desde entonces será su esposa y socia artística –Kathleen Brennan no sólo le “salva la vida” sino que le compra discos de “música que yo nunca había oído”– y en 1983 y 1985 se produce su reinvención.

Tom Waits - Swordfishtrombones

Con “Swordfishtrombones” y “Rain Dogs” –un nuevo sonido influido por la música de Harry Patch, que en los 30 y los 40 había investigado la “música de vagabundos”, así como por los acordes filosos y cabareteros de Kurt Weill–, Tom Waits consigue algo que se podría definir como dadá-jazz, un género en el que nuestro héroe sigue parloteando sobre humo, cigarrillos, automóviles y perros en llamas. La diferencia es que ahora lo hace desde afuera y –con una voz cruza de Louis Armstrong y el Marlon Brando de Apocalypse Now! y cualquiera de nosotros con una espina de pescado clavada en la garganta– ahora es la resaca la que canta canciones sobre Tom Waits. Y la resaca patea tachos y puertas y ladra a la luna. Y suena como nadie o –en sus propias palabras– suena como “una banda de lunáticos desfilando a medianoche” o “una orquesta de enanos mutantes”. Lo que inmediatamente lo consagra ante todos aquellos que siempre están en busca de alguien que suene como nadie.

Tom Waits - Rain Dogs

A partir de entonces –con la bendición de lo avant-garde–, Tom Waits se convierte en un músico “con inquietudes”. No es el primero; la culpa de todo tal vez la tenga Elvis, cuando lo convencieron de que podía ser un gran actor. Como Los Beatles, Los Rolling Stones, Los Who, David Bowie, David Byrne, Lou Reed y tantos otros, Tom Waits siente que el mundo de las canciones le queda chico y decide probar otras cosas. Empieza, cauteloso, con el soundtrack nominado para un Oscar de One from the Heart, la malograda película de Francis Ford Coppola, pero enseguida se pone a actuar aquí y allá (destacables apariciones en Ironweed de Babenco, Down By Law de Jarmusch y Short-Cuts de Altman) y escribe y ejecuta la operetta titulada Frank’s Wild Years. Y después –más ruido ruidoso– Bone Machine y un largo paréntesis hasta el Mule Variations de 1999, su disco más vendido, ganador de un Grammy. Pero antes, por el camino, Tom Waits demanda a la compañía de papas fritas Frito Lay por usar un imitador waitesco en avisos de radio (lo que le permite embolsar dos millones y medio de dólares) y conoce al director de teatro Robert Wilson.

Lo que nos lleva, ahora, a “Blood Money” y a “Alice”.

¿Quién es Robert Wilson? Tom Waits lo define como “una especie de científico, un estudiante de medicina o un arquitecto… Una especie de autista que sólo quiere ser comprendido y que para ello ha desarrollado un nuevo lenguaje donde todo se mueve más lento y cada movimiento es decisivo y único”. Robert Wilson es un prestigioso hombre de teatro. Robert Wilson convocó a Tom Waits en 1990 para “The Black Rider” (William Burroughs fue el tercer lado del triángulo). Y en 1992 Robert Wilson volvió a llamar a Tom Waits y Señora para una obra de teatro sobre la extraña relación entre , de donde salen las canciones de “Alice”. Y Robert Wilson requirió una vez más de los servicios de Tom Waits y señora en 2000 para su adaptación libre del Woyzeck de Georg Büchner, donde terminaron entrando las canciones de Blood Money. Así, dos discos de nuevas viejas canciones de Tom Waits, grabadas y revisadas por su dueño con los mismos músicos, y despojados de toda ayuda escenográfica y dramática.

Tom Waits - Blood Money

Canciones para actuar que, de golpe, se convierten en canciones para oír y que –consciente o inconscientemente– ofrecen una interesante revisión de los dos Tom Waits que hemos conocido hasta ahora. En Alice se destaca el Tom Waits más melódico, que hasta parece recuperar parte de su preocupación por hacer que su voz suene a una voz mientras fuma como oruga maravillosa sentado en un hongo y mirando una chica rubia y de pelo largo, mientras que en Blood Money reencontramos al Tom Waits cacofónico, un soldado enloquecido por experimentos médicos y celos que tira abajo todo lo que se le pone al alcance de la mano. Y en Alice y en Blood Money se vislumbran cruces de caminos, guiños de una carretera a la otra, bailes frenéticos bajo la luz de la luna. Al final, enseguida, escuchándolos uno detrás del otro y viceversa, cuesta ubicar qué canción corresponde a qué obra. Y está bien que así sea. Enseguida, al final, todas esas canciones son marca Tom Waits, más allá de los encargos y las inspiraciones. Y Tom Waits las define como “canciones adultas para niños o canciones infantiles para adultos”. Los títulos lo dicen más o menos todo: “Nadie sabe que estoy muerto” (donde se canta que “La lluvia suena tan bien para aquellos que están dos metros bajo tierra”), “Aquí estamos todos locos”, “La tumba de una flor” (“Nadie lleva flores a la tumba de una flor”), “Dios salió en viaje de negocios”, “Todo se va al infierno” y la formidable “El sufrimiento es el río del mundo”, en cuyo estribillo un Tom Waits febril ordena una y otra vez: “¡Todos a remar!”

Tom Waits - Alice

Y eso es todo. Ésa es la historia y la vida y las obras. Las propias y las de teatro. Hoy por hoy, Tom Waits es un animal raro. Sale muy poco de gira y puede demorar seis años en sacar un disco. O puede sacar dos juntos. Puede actuar muy mal en Drácula o hacer de sí mismo en Mistery Men. Dios bendiga al hombre que puede hacer –literalmente– lo que se le canta y que dice: “Cuando cantas es como si actuaras un poco. Todo el acto de cantar es como un gran signo de interrogación, una pregunta que le haces a alguien. Las canciones más satisfactorias son aquellas que te confunden. Nadie escucha canciones para recibir información. No escuchas una canción como si estuvieras leyendo una receta en un paquete de macaroni. Si te pones a escuchar una canción es porque de un modo u otro estás pidiendo que te ayuden a extraviarte, a no saber dónde estás, de dónde vienes y a dónde vas… Ahí es cuando entro yo en escena… Cuando conocí a mi esposa, solíamos jugar a un juego que inventamos nosotros y que se llamaba Perderse. Nos subíamos al auto e íbamos a un barrio de laciudad que estábamos seguros de conocer a la perfección. Entonces empezábamos a dar vueltas al azar, a doblar en las esquinas, a veces durante toda la noche, hasta que por fin conseguíamos perdernos… Entonces éramos tan felices… Somos tan felices desde entonces”.

Mi disco favorito de Tom Waits sigue siendo “Closing Time”.

 

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Brand:Ambiances Magnètiques 05|David Lynch + The Interview Project + Dark Night of the Soul + Fox Bat Strategy: A Tribute to Dave Jaurequi.

David Lynch

Se lo considera un director oscuro, o al menos uno capaz filmar la oscuridad para volverla aterradoramente visible. El New York Times lo definió alguna vez como “un Norman Rockwell psicópata”, en referencia al ilustrador de las familias felices de Coca-Cola. Un retratista del interior norteamericano, que supo espejar en varias de sus películas la imagen deforme del american way of life. Si lo siniestro es aquella suerte de espanto que afecta las cosas conocidas y familiares, la obra de David Lynch supo capturarlo como pocos. Blue Velvet escarba en las redes de una pequeña comunidad a partir de una oreja tirada en un baldío (preámbulo a la violación espiada desde un armario que viene después), Corazón Salvaje es una road movie con alusiones al viaje iniciático de Dorothy del Mago de Oz, pero sumándole el embarazo y las torturas psicológicas, la serie Twin Peaks muestra un apacible pueblo de pinos, montañas y tartas de frambuesas donde el asesinato de una adolescente destapa el perfil macabro de cada uno de sus habitantes. Incluso en Una historia sencilla, la más “light” de sus películas, lo cotidiano empieza a volverse inquietante. A simple vista, un viejito de lo más tierno (Richard Farnsworth poco antes de pegarse un tiro a causa de su cáncer terminal) logra atravesar Estados Unidos sobre una podadora de pasto para visitar a su hermano enfermo, con el que no habla desde hace años. Simple, simpático y emotivo. Pero resulta que el viejo vive con su hija, que tiene una especie de retraso mental y a quien le sacaron, a su vez, la tenencia de sus propios hijos. Resulta que al ir de Estado en Estado, el hombre va viendo cosas: una mujer desequilibrada que atropella ciervos en la ruta, una adolescente embarazada que camina sin rumbo, un cura taciturno que vive atrás de un cementerio… Acaso por haberse criado en Missoula, Montana, cuna de los indios sioux llamada por muchos “la América profunda”, Lynch suele alejar sus historias de las megaciudades para rondar siempre en torno del bosque, las carreteras, las comunidades aparentemente tranquilas. Y en Interview Project, su nuevo proyecto, ronda los mismos lugares: un equipo de filmación recorrió 20.000 millas alrededor de los Estados Unidos, durante 70 días, para entrevistar a personas encontradas al costado de la ruta, en los bares, las montañas, los pueblos dormidos. Esos pequeños espacios que a Lynch tanto le gustan, tal vez porque esconden los más grandes secretos.

En Atrapa el pez dorado (Mondadori, 2008), un híbrido genérico donde conviven la meditación trascendental, la biografía y las reflexiones sobre su propia obra, el director asegura (entre otras cosas) que ya está aburrido del cine como formato, del celuloide, más bien. Demasiado esfuerzo, mucha complicación. De ahí su apuesta a las nuevas tecnologías para seguir produciendo arte: desde haber filmado Imperio, su última película, en video digital, hasta la transformación de su página web (www.davidlynch.com) en una suerte de usina creativa donde colgar sus “experimentos” y ofrecer sus productos. Una serie de cortos para Internet titulada Dumb Land, una sitcom surrealista con conejos (Rabbits), y el corto en digital Darkened Room, deudor del terror japonés, fueron algunos resultados de su decisión. Pero Interview Project marca una diferencia con todo lo visto hasta acá. Se trata de vidas contadas en primera persona, en un lapso que va de los tres a los cinco minutos. Retratos de gente común que se renuevan cada tres días. Nada más. Algo tan sencillo, tan concreto, que la pregunta se cae de madura: ¿es esto “lyncheano”? ¿Puede considerarse parte de su obra? La diferencia abismal que hay con una película como Imperio, donde el argumento se retuerce sobre sí mismo hasta que hay que entregarse y dejar de intentar entender, impone el desconcierto. Muchos dijeron que la complejidad de su trama hace que Carretera perdida y El camino de los sueños parezcan cuentos cerrados, pero si Imperio es, en el mejor de los casos, el universo de una mujer desesperada (con todo lo inexplicable y terrible y pesadillesco que eso conlleva): ¿qué resto queda? ¿Qué podía seguir después de una película tan extrema que prácticamente no resiste el análisis? “Trataré de seguir investigando, de experimentar. Tras Imperio no sabemos, ni siquiera yo, qué esperar”, había dicho Lynch al respecto. Y sin embargo, la aparente incongruencia de ese final festivo con música de Nina Simone parecía anunciarnos que no todo era oscuridad. Después de tres horas de escenas terribles, los actores haciendo un playback de “Sinnerman” muestran, en el punto más álgido y retorcido, que es necesario regresar a lo simple.

The Interview Project

“La gente cuenta sus historias. Es tan fascinante mirarlos hablar, conocerlos. Es algo humano, no pueden quedarse afuera de eso”, arenga un entusiasmado David Lynch, al presentar Interview Project desde su página web. El “conócete a ti mismo” del Pez Dorado dejando paso al “conoce al otro”. La prioridad es darle lugar al relato liso, la narración más elemental. Claro que no es tan fácil hacer las obsesiones a un lado, y una vez más estas historias están en los márgenes de Estados Unidos. En California, por ejemplo, la entrevista que inaugura el ciclo muestra a un hombre al costado de la ruta. Música y cámara en movimiento para pasar las montañas, los pastizales, los pintorescos trenes colorados. Se ve el asfalto gris, las líneas amarillas que quedan atrás, algunas casas. Y después él. Se llama Jess y está sentado sobre una mochila. El bastón que se apoya contra el alambrado sugiere que necesita ayuda para incorporarse, aunque nunca se lo ve de pie ni se habla del tema. Tiene anteojos negros, gorra con visera, barba canosa y tupida. Con un inglés algo cerrado, cuenta que estuvo dos años en Vietnam, que su mujer se llevó a sus hijos, que no pudo ver a su padre antes de que muriese, que no se animó a sacar a su madre del geriátrico. Por momentos, la cámara busca el contexto donde esto sucede: las palmeras que enmarcan el cartel de “Needles, California”, dos camiones que se cruzan a lo lejos, las casas bajas de alrededor, un letrero viejo y borroso que cuelga del alambrado. El manejo del sonido, los encuadres particulares, los planos cerrados y las fugas al paisaje en los momentos clave del relato no sólo dan dinamismo sino que muestran que David Lynch sigue ahí, monitoreándolo todo. Y lo mismo pasa con Tommie Holliday, un hombre de 54 años al que encontraron en Kingdam, Arizona, en el estacionamiento de un Centro de Adultos. El plano lo muestra de pie, delante de su camioneta rosa. Cuando explica que no puede ver al amor de su vida porque ella mató a su ex novio con una ametralladora, un repentino fundido a negro con sonido de balas y varios puntos blancos revela la potencia creativa del proyecto. Después el relato sigue, un helicóptero pasa por detrás. También está Kee, un integrante de la comunidad Navajo que, rodeado de enormes montañas rojizas, habla del descubrimiento de su sexualidad, de la adolescencia travestida, las depresiones, la vergüenza, qué cosas pedía y todavía le pide a Dios. A su alrededor, sólo un águila atravesando el cielo celeste y sin nubes.

La idea es que las entrevistas se vayan acumulando en la página, donde una infografía en la que se “pinchan” las caras de los entrevistados ya empieza a delinear un mapa humano de los Estados Unidos. Interview Project no es más que eso: una red de relatos orales que seguirá creciendo de acá a fin de año. Como en una espiral, Lynch decidió que era tiempo de ir en busca de todo ese material que posiblemente inspiró varias de sus ficciones. Acaso el espejo más nítido del verdadero interior norteamericano.

Danger Mouse and Sparklehorse - Dark night of the soul

Un sobre sin remitente, con un extraño poster dentro. Aunque está diseñado como si fuese de una película, con una inquietante foto ilustrando un título traducible como Oscura noche del alma. Los nombres que figuran, en cambio, remiten a la música: Iggy Pop, Suzanne Vega, The Flaming Lips, Frank Black (de los Pixies), Julian Casablancas (de The Strokes), entre otros. La única excepción es la de un director que podría tranquilamente estar detrás de una película con semejante título –y afiche–, y que bien podría comenzar tal como empezó toda esta historia, con un sobre sin remitente con un extraño poster dentro.

Así es como precisa la prensa musical norteamericana que dio comienzo la misteriosa historia detrás del álbum firmado por un bizarro supergrupo integrado por el productor Danger Mouse, el indie Sparklehorse y el director David Lynch, y que está llamado a ser uno de los indudables protagonistas musicales de esta primera mitad de este año. Aunque más no sea por el hecho de que hay un afiche y un libro vinculado al trabajo, pero el disco brilla por su ausencia. O por su vacío. Ya que las dos versiones en las que se puede conseguir el sorprendente “Dark night of the soul”–afiche y libro–, están acompañadas por un disco virgen que le advierte al potencial comprador del paquete: “Por razones legales, este disco no contiene música. Úselo como le parezca”. Tanto el libro como el poster ostentan fotos del director de Twin Peaks y Terciopelo azul. Y la música, que en un principio fue puesta online a través de la radio pública norteamericana y hoy da vueltas libremente por Internet, sale de la imaginación –y el talento– de un personaje indie y torturado como Mark Linkous (el nombre detrás de Sparklehorse) y una extraña estrella oscura de la producción discográfica en esta época tan online, llamado Brian Burton, pero más conocido como Danger Mouse, el cerebro detrás del megaéxito del dúo Gnarls Barkley, entre otras cosas. Un caballo y un ratón, digamos. Acompañados en ciertas fotos de prensa por un Lynch, ya que al buen David sólo es posible definirlo con su propio nombre.

David Lynch + Danger Mouse + Sparklehorse

La sinuosa historia detrás de Dark night of the soul comienza con el regreso al estudio de grabación de Mark Linkous, después de una depresión que asegura que le duró cinco años, los que distan entre la edición de It’s a Wonderful Life (2001), su tercer disco, y el siguiente, Dreamt for Light Years in the Belly of a Mountain (2006), para el que conoció a Danger Mouse. “Por entonces había estado mucho tiempo sin entrar a un estudio ni salir de gira, así que lo único que pensaba era en conseguir algún ingreso como para pagar las cuentas”, recuerda Linkous.

Oriundo de Virginia pero instalado en Carolina del Norte, Linkous es un cantautor oculto detrás del nombre de un grupo unipersonal, fanático de Cormac McCarthy, al que considera vocero de la parte más peligrosa y fantasmagórica del sur norteamericano profundo, que suele percibirse también en sus canciones. Apenas apareció su álbum debut en 1995 bajo el nombre de Sparklehorse, Linkous salió de gira detrás de su sorpresivo hit alternativo “Someday I Will Treat You Good”, pero sufrió un terrible accidente apenas empezó su gira europea, que casi lo deja paralítico. Dos discos más tarde, en los que colaboraron desde P.J. Harvey hasta Tom Waits, Linkous cayó en ese pozo depresivo –en el que apenas si produjo el debut del proyecto A Camp de Nina Persson (The Cardigans) y uno de su ídolo Daniel Johnston– del que lo ayudó a salir su encuentro con Danger Mouse. O en realidad con The Grey Album (2005), el polémico disco que puso a Brian Burton en el mapa musical.

Sampleando el Album Blanco de los Beatles, y usando esos pedazos para musicalizar la voz del rapper Jay-Z en su Black Album, Burton construyó un disco de consumo reducido, que –gracias a Internet– se transformó en un fenómeno que terminó con una amenaza de juicio por parte de EMI, la propietaria de los derechos de las grabaciones de Los Beatles. Pero el affaire fue el comienzo de la carrera de Burton bajo el nombre de Modest Mouse, que empezó produciendo el disco Demon Dayz (2005) de Gorillaz y terminó formando el exitosísimo dúo Gnarls Barkley junto a Cee-Lo, cantante de Goodie Mob. En el medio fue que recibió el llamado de Linkous, del que se confesó fan, y muy rápidamente ambos trabajaron en algunas canciones para ese disco que sacó a Sparklehorse del limbo. Eran canciones pop que no encajaban en el álbum anterior”, explica Linkous. Pero de ese encuentro también quedaron algunos temas que él no podía cantar –“Estaban en otro registro”–, y empezaron a pensar en que otros vocalistas invitados podían cumplir ese rol. “Todo empezó cuando le mandamos un tema al cantante de Super Furry Animals y nos lo devolvió transformado en ‘Just war’, el segundo tema del disco. Ahí empezó a tomar forma Dark night of the soul”, explicó Linkous.

A partir de ese momento, Linkous y Burton empezaron a trabajar en su proyecto a largo plazo, grabando los temas en el estudio de Burton, y convocando a sus amigos para que los cantasen. Cuando parecía estar listo, Burton tuvo la idea de llamar a David Lynch. “Sé que no estás haciendo videos, pero podrías sacar algunas fotos para ilustrar el disco”, ha dicho el director que fue la propuesta. Pero Lynch dobló la apuesta, y además de las dos jornadas nocturnas sacando el centenar de fotos que acompañan el lanzamiento del disco, decidió cantar en dos temas. “Las letras salen del mismo lugar de donde salen las fotos”, explicó Lynch. “Uno escucha la música, entra en clima, y aparecen las letras. Es algo casi surrealista, donde uno se engaña a sí mismo para terminar consiguiendo algo”. Cuando tuvieron listo el proyecto, que Danger Mouse asegura haber pagado de su bolsillo –su sello, Capitol, nunca se interesó demasiado–, surgieron los problemas legales que obligaron a concebir el golpe final que terminó haciendo de Dark night of the soul un proyecto único: el disco vacío. De haber publicado el disco, Capitol podría haberlo acusado de romper su contrato, y como está en camino a renegociarlo, Danger Mouse eligió una opción que hace que todo el mundo vincule este disco con el Grey Album. “La diferencia es que entonces yo sabía que lo que estaba haciendo era ilegal, pero pensaba que no iba a tener ningún tipo de difusión”, intentó explicar Danger Mouse. Una ingenuidad que no existe para Dark night of the soul, un proyecto oscuro pero al mismo tiempo mágico, en el que una selección de artistas de lujo ponen su grano de arena para un álbum inquietante, y que está maravillosamente en sincro con los tiempos online actuales. “Al cambiar del vinilo al casete, los formatos musicales se fueron reduciendo. Con el MP3, prácticamente ha desaparecido”, explica Burton. “Con el libro y las fotos de Lynch, quise volver a una época en la que el packaging era una fantasía visual sobre la música, y creaba un misterio que el público buscaba develar”. Pero quien mejor explica la unión del conejo, el caballo y el Lynch es Linkous: “Siempre hice exactamente lo que quise con mis discos, pero nadie en la discográfica sabía qué hacer con ellos. Ahora podemos hacer lo que queramos, y Brian sabe bien cómo vender discos de una manera subversiva”.

David Lynch - Fox Bat Strategy A Tribute to Dave Jaurequi

Sin descanso. Sólo ha pasado un mes desde la puesta en circulación de los frutos físicos de “Dark Night Of The Soul”, el inicio de “The Interview Project”, y la puesta en circulación del video “Shot In The Back Of The Head” hecho a medida para el tema de Moby, y el inefable David Lynch ya viene capitaneando un nuevo proyecto. “Fox Bat Strategy: A Tribute to Dave Jaurequi” es, como su nombre indica, una colección de canciones escritas por el propio Lynch, y cantadas por el fallecido guitarrista devenido cantante a pedido de Lynch, Dave Jaurequi, líder de la banda que supo musicalizar la “precuela” (antes de que se inventara el termino) cinematográfica de Twin Peaks, “Fire Walk With Me”, para el director del jopo rebelde.  

Y como con sus películas, con cada nueva escucha, aumentan las preguntas, las ganas de saber más sobre los personajes del muy sombrío “Fox Bat Strategy”. De vuelta al desierto, el disco es una obra triste, íntima y reflexiva que exige tiempo al oyente, de esas que necesitan varias escuchas para entrar del todo en su mundo. Los habituales perdedores se han convertido en amargos antihéroes, cansados y heridos, sin apenas tiempo para fiestas. Comienza fuerte, un lamento, que en ningún momento da un respiro, avanzado con la tensión de una buena novela negra, hasta que culmina en una canción espectral, casi una nana, en la que no cuesta imaginar el enorme cielo estrellado que cubre el desierto. “Fox Bat Strategy”, se parece más a “Sed De Mal”: una fascinante virguería en blanco y negro, situada en la frontera de y llena, plagada de tipos malos que van a la búsqueda, o simplemente huyendo, de vete a saber qué.

 

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Brand:Musique 19|John Fahey + New Weird America.

John Fahey

El término New Weird America (NWA) fue utilizado por primera vez en la revista The Wire por David Keenan para describir la música del Brattleboro Free Folk Festival, en 2003. La frase evolucionó como una juego de palabras del concepto Old Weird America, postulado por primera vez por Greil Marcus en “Invisible Empire”, su exquisito libro sobre las Basement Tapes de Bob Dylan, su fuente en el trabajo de archivo de Harry Smith y su posterior influencia en diversos combos. El término de Keenan, si bien técnicamente reactivo, tomo de inmediato sentido. Abarcaba una estética que podía de manera incluir semi-coherente de todo, desde el éxtasis de saxo de Paul Flaherty, el minimalista resplandor fantasma del armonio de Erika Elder, las percusiones caprichosas de Conrad Capistran, del grupo Sunburned Hand Of The Man, hasta las exuberantes invenciones acústicas de la guitarra de Glenn Jones.

Inicialmente, esta amplitud puede hacer parecer la expresión NWA, inútil en su condición de término paraguas. Pero no es tan endeble. De hecho, es algo así como una ampliación de las variantes de entusiasmo, plasmado en una de las santas figuras del género, John Fahey, quien murió en febrero de 2001. A pesar de que había estado muerto durante más de dos años en el momento Keenan escupió la frase en un cuadro en el Hampshire College Tavern, John Fahey, en muchos aspectos importantes, en su representación fisica.

Todo el fenómeno de la NWA, es, en gran medida, el producto de los coleccionistas de discos, que es uno de los muchos personajes que Fahey plenamente incorporaba. John amaba las grabaciones – blues de la primera preguerra, los discos clásicos de la RCA, discos de palabra hablada, los registros de ragas indios, sonidos de tren… sus pasiones eran muchas. Hay una fiebre similar (a menudo incluso más oscurantista) calentando las cejas de muchas de las figuras más importantes de la NWA. La gran cantidad de estilos refugiada debajo del título, desarrolla la idea de que el movimiento es uno cuya génesis se remonta musicalmente en un estilo lineal. Hay un tejido conectivo que tiene que ver con una Gestalt – determinados tipos de creación, la espontaneidad y la comunidad, renovables por igual en torno a la ejecución y la documentación. Pero utilizado como un punto de vista puramente estilístico, el término es sumamente inerte.

Esta es la razón por la que Fahey sigue siendo mi figura de elección. Para muchos en su audiencia, Juan era una figura “folk”, pero esto nunca fue una descripción que él estaba interesado en atribuirse. Las músicas que creó funcionaron de entre los distintos miembros de la pandilla NWA. En una ocasión dijo haber pensado que sería agradable si usted pudiera tomar algunas de las disonancias en la labor de Bartok y sincoparlas. Y lo que intentó hacer a lo largo de su vida fue algo cercano a esas ideas. En el curso de estos experimentos, el voraz apetito de Fahey por los distintos estilos (entre otras cosas) blues, Hillbilly, espirituales, el pop, string bands, combos de rock, música concreta ¿y quién sabe qué más? Cuando fue abrazado por una legión de improvisadores libres y músicos noise, en la última década de su vida, absorbió su estética, dejando atrás un legado de grabaciones/presentaciones que llevó a los aficionados a la desesperación.

John Fahey - Volume 6: Days Have Gone By

Fahey también fue un pionero de la auto-documentación, a la par con Sun Ra y Harry Partch (otros dos antepasados espirituales de la NWA). Lanzó su primer LP en 1959 en una edición de 100 ejemplares. Con el tiempo, la etiqueta llegó a llamarse Takoma Records, y publicó una amplia gama de locos que chillaban. Pero el roster de la etiqueta es una maravilla Bukka White y Robert Pete, Williams, Eddie ‘One String’ Jones y JB Smith, Tony Thomas, Charlie Nothing y Phil Yost, Joseph Byrd. La mayoría de la gente solo conocía el trabajo de los guitarristas del sello – Fahey, Basho, Kottke, Gerlach, Sete, Gulezian, etc.

Esta tradición, tanto como otras, ha sido corroborada por los amigos de la NWA. Nadie ha dominado el estilo de prosa desorientada a propósito que Fahey empleaba en las liner notes de muchos de sus álbumes, pero los sellos gestados por los mismos artistas, han explotado lateralmente. Ejemplos tempranos fueron, Wholly Other de Charalambides, MVEE de Child Of Microtones, Ecstatic Peace! de Thurston Moore, Manhand de Sunburned Hand Of The Man y Sound@One  de No-Neck Blues Band, han editado cientos de discos heterogéneos en su concepción.

En consecuencia, no existen reglas muy estrictas acerca de cuáles artistas intérpretes o ejecutantes, califican para pertenecer al estado NWA. En el sub-underground, donde todo esto se lleva a cabo realmente, o al menos, su origen, hay una porosidad hacia las divisiones entre géneros que hace que los presupuestos sean una idiotez. Tome cuatro grupos – Eyes & Arms Of Smoke, Hair Police, Wolf Eyes, Graveyards. Si no conoce las estadísticas y los sonidos de estos chicos, simplemente utilice cualquier motor de búsqueda – usted encontrará muestras de audio e información en abundancia. Pero si usted puede decirme cuál de ellos es NWA y que cual no lo es, bueno, usted es mejor persona que yo.

Entre los polos del jazz, el ruido, el folk, el psych, la experimentación, la electrónica y el free-rock, hay una especie de terreno común. Quizás es su imaginario y quizás no, pero todos esos artistas que habitan ese espacio. Y estoy seguro de que, si Fahey hubiera vivido el tiempo suficiente para visitarlo, realmente habría disfrutado del lugar. Por el bien de todas las mujeres que participan, puede ser mejor (o al menos más fácil) que no lo hiciera. Pero es un lugar que podría haber existido en la cabeza de John – un lugar donde todas las diferencias pudieran reconciliarse en torno a un plato caliente de lasaña, New Weird Americans, todos.

 

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Brand:Discos|Tortoise – Beacons Of Ancestorship.

Tortoise - Beacons Of Ancestorship

En una época en la que grupos como Animal Collective han tomado el testigo del rock que se abre camino hacia el futuro, el nombre Tortoise podría ser tan sólo un trasto viejo e inútil que ya nadie quiere. Cuando empezaron a llamar la atención, allá por 1994, eran necesarios: Tortoise simbolizaban la superioridad del intelecto sobre el músculo, de la experimentación sobre la rabia. Estaba en su apogeo el grunge, Kurt Cobain estaba a punto de volarse los sesos, el grupo más conocido de su Chicago eran aquellos primeros Smashing Pumpkins en los que Billy Corgan todavía no era un pequeño Hitler calvo y sin bigote, y como referencias de música en estudio sólo había un Steve Albini que se escondía en su torre de marfil y un Jim O’Rourke que no dejaba de ser una figura de culto como productor y cuya recompensa, pequeña, venía sobre todo de las buenas críticas que recibían sus discos en el grupo Gastr Del Sol. Y entonces salen Tortoise, con John McEntire fusionando rock de laboratorio y tecnología orgánica en sus Soma Electronic Studios, y la música underground cambió una vez más de forma.

En ese sentido, a Tortoise les pertenecen los noventa: con ellos llegó el post-rock –o sea, el escándalo; costó muchos años que los indies aceptaran tanta carga experimental, tanto desprecio hacia la voz y el formato de canción–, y se coronaron como un grupo de referencia, no ya internacional, sino histórica, con el legendario “Millions Now Living Will Never Die” (Thrill Jockey, 1996). A partir de ahí, Tortoise sufrieron cambios, entraron y salieron músicos –fue decisivo el intercambio de David Pajo por Jeff Parker, que fue como desprenderse del peso slowcore que cargaba el ex bajista de Slint para sumar la carga free-jazz del guitarrista de Isotope 217. Fue en “TNT” (Thrill Jockey, 1998) cuando Tortoise empezaron a enfangarse en un sonido más pesado, más culto, menos libre que antes pese a la creciente influencia de las armonías del jazz. La liquidez de la estructura tenía que ver más con la liquidez de la improvisación con instrumentos que de la maleabilidad del sonido electrónico en un estudio –había influencias claras del dub y la técnica de los DJs en los dos primeros discos–, y poco ha cambiado desde “Standards” (2001) en adelante.

“Beacons Of Ancestorship” es un reencuentro agridulce. Son los Tortoise de siempre en un momento en el que Tortoise ya no son indispensables. Su contribución al momento revolucionario del post-rock ya pasó, los laboratorios de experimentación en los que colisionan el modelo rompedor y el conocido ahora están más en la escena psicodélica, en los diferentes pabellones “Merrywheather” que las jóvenes bandas intentan construirse. Así que un regreso de Tortoise –y que conste que han tardado en volver, tanto que casi nos olvidamos de ellos: el muy progresivo “It’s all around you” es nada menos que de 2004– implica la doble sensación de curiosidad por saber qué han hecho y el desinterés de quien sospecha que, hagan lo que hagan, ya no va a cambiar nada. Y sí, son los Tortoise últimos, los que suplen con buen oficio la escasez de ideas nuevas.

Descontando gestos de autoafirmación como “Yinxianghechengqi” –que viene a decir que los orígenes de Tortoise están en las bandas hardcore de los ochenta–, el comienzo de raíces –aparentemente africanas y caribeñas– de “Gigantes” y los muchos toques jazz que van apareciendo en los momentos más insospechados, lo mejor que tiene que aportar “Beacons Of Ancestorship” a estas alturas es la dedicación con la que Tortoise acuden a sus fuentes en el rock progresivo, una rama que sus detractores siempre señalaron con dedo acusador –“¡en el fondo son unos sinfónicos!”– pero que es un eje fundamental para comprender sus méritos en el pasado. Es este un disco de gran carga progresiva –arreglos pesados, con complicaciones artificiosas para dar una impresión de empaque innecesaria–, y en el que también abundan las texturas de viejos y aparatosos sintetizadores analógicos. No llega a ser el disco cósmico de Tortoise, pero podría haberlo sido: que me aspen si lo que suena en “De Chelly”, tan vibrante, tan solemne, tan aparatosa, no es un arpa láser, ese instrumento inventado por Bernard Szajner y que popularizara en sus conciertos megalómanos Jean Michel Jarre. Ésta podría haber sido su rentrée en el circuito, explotando los cachivaches sintéticos y olvidándose de la batería y el bajo de otra época, pero con un disco así de indeciso se quedarán, una vez más, en su pequeña parcela. Lo han hecho bien, siempre lo hacen, pero lo han vuelto a hacer torpe. Las cosas van por otro lado, deberían saberlo a estas alturas.

 

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Brand:Discos|Bibio – Ambivalence Avenue.

Bibio - Ambivalence Avenue

Conociendo la relación de amistad –y casi se diría que de padrinazgo– que une a Bibio con sus vecinos Boards of Canada, era de suponer que el fichaje de Stephen Wilkinson por Warp sería cuestión de tiempo. Y resulta que ese tiempo han sido cuatro años en los que Bibio se ha hecho un nombre de referencia en la periferia del revival folk gracias a tres discos de loops amables y guitarras color sepia en Mush, sello californiano más conocido por su devoción al avant-rap que a los sonidos de relax. Primero vino “Fi” (2005), que sonaba a Nick Drake sin voz y con una leve post-producción ambient de resonancias góticas, aunque lo que de verdad llamó la atención del disco fue que en la pegatina de la portada hubiera unas pocas y amables palabras firmadas por Marcus Eoin, de Boards of Canada, recomendando encarecidamente la escucha del álbum. Luego llegó “Hand Cranked” (2006), en el que estaba más potenciado el factor acústico de Bibio y en el que parecía desintegrarse la capa de electrónica desgastada que había formado parte de su lenguaje, y este año su nombre acabó por cuajar gracias a un tercer disco, “Vignetting The Compost”, tan seductor y agradable como los otros.

Entre “Vignetting The Compost” y este “Ambivalence Avenue” han transcurrido sólo cinco meses: el primero, pues, era una despedida contractual largamente postergada, y el segundo un comienzo de ciclo anticipado con prisas. Es normal que Mush quisiera retrasar todo lo posible su último disco –desconocemos si habrá más, ojalá–, y que Warp acelerara al máximo para poner el estreno de Bibio en sus cuarteles en la calle. Para los dos sellos es bueno que ambos trabajos coincidan en el tiempo, hacen fuerza y se ayudan mutuamente en las ventas y en la multiplicación del conocimiento del artista por parte de un público no necesariamente obsesionado por tener fichadas todas las novedades que salen al mercado. Pero sobre todo es bueno para Bibio, ya que la sensación que queda es la de que el hombre está en estado de gracia. En realidad, lo estará siempre: su música es atemporal, parece rescatada de un pasado mágico, y al haber superado las trampas del tiempo su impacto será eterno. O eso esperamos.

No me ha sorprendido este disco porque no deja de ser el mismo que le venimos escuchando a Bibio desde que aquella pegatina firmada por un escocés hizo que nos rascáramos la cabeza, pero la sensación ha sido demasiado agradable como para pasarla por encima. Es música de ivierno, sin duda: de noches frías e insomnes en las que se mira por la ventana hacia la luna y las estrellas –tiene que haber estrellas, porque no es éste un disco para la ciudad, sino para el campo, para grandes áreas de terreno con poca presión demográfica y menos contaminación lumínica–. De hecho, fichando a Bibio, Warp ya ha encontrado el contrapeso para Gravenhurst: si éste es el folk oscuro, trágico, Bibio es el folk de sentirse bien, también el tipo de folk que lleva tiempo buscando Guillermo Scott Herren con Savath & Savalas y no encuentra –o mejor dicho, no repite, porque en Bibio hay mucho de aquel “Folk Songs For Trains, Trees And Honey” (2000)–. Lo más interesante del trabajo es que cuesta tomar partido por cualquiera de las dos inclinaciones que adopta Bibio: tiene por un lado la languidez playera, sobradamente californiana, que trae el recuerdo de artistas injustamente olvidados como Tommy Guerrero y finalmente la más Boards of Canada, en la que la guitarra es un mero bucle y es el fondo de breaks y sonidos electrónicos ametrallados el que establece la distinción, como el final con “Dwrcan” o “Sugarette”, que parecen sacadas de “The Campfire Headphase”.

Pero, al margen de etiquetas y distinciones –innecesarias, porque es el estado de ánimo lo que manda aquí, no si un tema es más trip hop y el otro más hippy–, “Ambivalence Avenue” funciona como un todo, como una banda sonora del verano: tiene una vocación de luminosidad que lo hace ideal para estos tres próximos meses. Aquí han estado hábiles en Warp: retrasarlo hubiera significado irse al otoño, y no sería lo mismo. Aprovecha, porque hasta octubre esto huele a banda sonora de horas perezosas.

 

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Brand:Discos|Desire – II.

Desire - II

Dicen que la noche en Nueva York resurge de sus cenizas. Si es que alguna vez ardió del todo, claro. Lo que sí es cierto es que últimamente nos llegan ecos de la ciudad de los rascacielos en forma de sellos chulos y bastante cool, la mayoría con la voluntad de interferir en el contexto clubber sin perder de vista el esplendoroso pasado. Muchos son los que se alimentan de neo y cosmic disco, psicodelia y proto-house con producciones de nuevo cuño alineadas con las nuevas tecnologías para que el resultados sea de lo más trendy. El de Mike Simonetti, sin ir más lejos, es el que más lo peta. Puedes chequear sus sets, novedades y charts a través de su más que completo blog –en el que Simonetti se lo pasa bomba con esos sets promocionales colgados sin tracklist para que sus aficionados, que tienen algo de nerds de todo lo que suene a retro, se rasquen la cabeza y se pregunten por éste o aquél tema desconocido–.

Italians Do It Better, cuenta con un elenco de artistas que empieza a rodar en clubs de ese y este lado del charco, con cositas destacables todavía publicadas en plástico, cómo no, de gente como Professor Genius o Invisible Conga People –con su referencia “Cable Dazed / Weird Pains” del año pasado entre mis favoritas de toda la discografía del sello–. Entre sus nuevos fichajes tenemos que rendir cuenta de estos Desire que estos días están presentando su álbum de debut “II” con el productor Johnny Level haciendo de director de orquesta y convirtiéndose de nuevo en el ejecutor en estudio de los sueños húmedos de Simonetti. No por nada, el mismo Adam Miller, su verdadero nombre, encabeza otros de los grupos estrella del sello, Glass Candy y Chromatics. Desire, de hecho, es un remedo de otros grupos, ya que la vocalista, y teclista Megan Louise también forma parte de Montreal, y Nat Sahlstrom, bajista, estuvo también en Chromatics. El que nos ocupa hoy es un proyecto de slow disco de lo más emotivo que podría ser la banda sonora de un cabaret nocturno para almas en vela. Producción bien cuidada con un pie en lo retro y con otro en los beats de nuevo cuño que recogen el testigo de la hornada electroclash, una especie de post-new romantics –explota ramalazos y trucos de italo azucarado de mediados de los 80– que seguro que conforman el ojito derecho de un Simonetti al que le va lo que está de moda una barbaridad.

También diría que le ponen más los ochentas europeos que los norteamericanos. El hilo artístico del sello conserva un no sé qué de la nocturnidad de los setenta, pero con un toque clashy y superficial muy de la década en que Madonna saltó a la palestra. Todas las producciones parece estar facturadas con el viejo continente como punto de mira, algo que muy pocos sellos de la costa este norteamericana han tenido en cuenta tradicionalmente (y menos con la discoteca como contexto). Mike estará satisfecho, sí. Ha puesto una nueva piedra para convertir a su sello en una especie de nuevo Zé Records de principios del siglo XXI. Por lo menos ha conseguido que cada mes estemos atentos a su última salida al mercado.

 

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