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Intro 1.

Desde que los futuristas italianos reivindicaran el valor del ruido y la disonancia como materia para la creación de una música nueva en su manifiesto “L’arte dei Rumori”, los sonidos de la vida cotidiana han venido reclamando su espacio de libertad frente a las más encorsetadas formas -lo melódico, lo armonioso, lo consonante- de la música popular. Personajes formados en la académica como Edgar Varèse o John Cage, pioneros de la música concreta como Pierre Schaeffer, Pierre Henry o Francis Dhomont, o accionistas adscritos a movimientos artísticos como Fluxus han hecho que las fronteras entre disciplinas, entre distintos lenguajes y aproximaciones al hecho sonoro, entre la música articulada y el sonido en su estado más puro, aparezcan hoy más diluidas y desdibujadas que nunca.

El sonido como materia prima y primordial en la construcción de una realidad física que nos contiene, la radio como repetidor y conductor de frecuencias que desopacan el aire, o la red de redes como último y más amplio contenedor sonoro y gran megáfono transnacional en funcionamiento constante… Dentro y fuera del espacio triangular que definen esos vértices se sitúan los intereses de suono.

Punto de encuentro no sólo para los amantes del sonido, sino para todos aquellos interesados en conocer los terrenos híbridos por los que transita el arte de nuestros días. Ya lo decía Bill Fontana: un sonido son todas las maneras de ser escuchado.

Cuando algunos melómanos, allá por los últimos años del siglo XIX, se rascaron la cabeza ante habitaciones enteras llenas de cilindros de cera, la idea empezó a resonar entre sus orejas… Pero los murmullos sobre el tema no llegarían hasta unos años más tarde, junto con aquellos soportes circulares, primero de pizarra, mucho después de vinilo, y finalmente de un policarbonato cuyo tacto aún recordarán los nostálgicos del CD. Para entonces ya era un secreto a voces: el sonido ocupaba un espacio, y éste cada vez era mayor.

Incluso los otros discos, que no tardarían en llegar, y que al principio se ocultaron en el interior de nuestros ordenadores (para después mostrarse casi desnudos —sólo cubiertos por una carcasa, apenas perforada para dar cabida a la clavija USB—, fueron ocupando, poco a poco, nuestros escritorios, nuestras estanterías, las mesillas de noche. Las promesas de la era de la información se revelaron falsas: los ceros y los unos seguían acumulándose, agotando nuestro espacio, continuaban almacenando gigas y más gigas de, mientras se multiplicaba el espacio conquistado por el audio.

El sonido, al modo de una sustancia gaseosa, parecía ocupar todo el espacio disponible. Muchos, admitiendo la situación, decidían inyectárselo ellos mismos, a través de auriculares, directamente en la cabeza… La gente terminó por tolerar que esto se hiciese incluso en la vía pública. Algunos intentaban escapar, refugiándose en sus casas. Pero tampoco allí resultaba posible: Internet rebosaba de sonidos, y las viejas radios no dejaban de funcionar.

Se dice que en los próximos años el sonido aparecerá aún en lugares imprevistos. Dicen que en Internet aún queda espacio para mucho más, también se rumorea que pronto la radio incrementará la intensidad de sus emisiones. Probablemente quede poco para que los más niños se unan a los más viejos, y a los que quedan en medio, en su huida ante esta expansión del sonido. Como sucede casi siempre, otras generaciones se unirán entre sí para celebrar esto mismo.

 

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